Palabras en Duplicado.-

Agosto 29, 2008

Seis.

Archivado en: el, historia a cuatro manos — sovietico @ 6:12 pm

Desperté sobresaltado. Había estado junto al Zorro unas horas atrás, ciertamente mi única verdadera compañía humana por aquel entonces, y luego de que la chica desapareciera del espectro de visión que permitía el ventanal del bar del gallego, me había despedido de la mesa y me encontraba nuevamente recluido en mi barraca junto al río, en las afueras del pueblo. Allí estuve innumerables semanas casi constantemente, con la única ruptura de la línea temporal constituida por mi salida de los martes para ir al bar.

No me urge aclarar, por la evidencia antes expuesta, que siempre fui y seré un tipo solitario. Un hombre que prescinde de la compañía, no tanto por deseo, un poco más por costumbre. El ermitaño suele aislarse de los otros por cualquier tipo de fobia, incapacidad o voluntad. Yo simplemente continuaba con el curso de mi existencia, que desde una temprana edad me había obligado a discurrir en soledad entre los demás.

Por eso aclaro que nunca busqué que las cosas fueran de ese modo. Tal vez se me reproche que nada hiciera para alterar el orden de las piezas del tablero, porque simplemente jugué el juego, con sus reglas. No lo sé.

En ese dilema me encontró el pesado sueño aquella noche. La preocupación por la puntiaguda sensación que tuve en el bar, al ver marcharse a la chica de los hermosos cabellos castaños, se convirtió poco a poco en la más histérica y honda depresión. Fui recordando lentamente el sueño, con una alteración peligrosa de mi estado de ánimo, producto de una mezcla de tristeza consciente y la certeza de una ensoñación terrible que se fue aclarando como una pantalla de televisor recién encendida.

Mientras estuve en el lecho, inconsciente por el cansancio, mi mente había deambulado por interminables laberintos de arena, que el viento disolvía como castillos construidos por niños a orillas del mar. El terror se acrecentaba cuando buscaba salir hacia la playa franca: una pared arenosa volvía a erigirse, aunque no lo suficientemente alta como para tapar mi visión. Sin embargo, mis intentos de treparla eran estériles; unas veces derrumbaba los pasillos con mi peso pero éstos volvían a levantarse de inmediato, otras mi escasa destreza me impedía subir. Era como aferrarse a blandas arenas movedizas: mi cuerpo se hundía en ellas pero no lograba traspasarlas, como si me tragase el fondo de un pantano.

Nada de esto hizo que me despertara agitado, con una bomba en el pecho y sin aliento. La causa más profunda de mi desesperación fue otra: con sus pies descansando a orillas de las turbulentas aguas, ella me hacía señas para que fuera a su encuentro.

Agosto 21, 2008

Cinco.-

Archivado en: ella, historia a cuatro manos — ella.- @ 2:32 pm

Acostada en la cama, envuelta en su manta tejida rosada, engullía pastillas de Ibuprofeno y dormía pesadamente a intervalos regulares.
Era el primer martes que faltaba a su cita – no cita en meses. Las anginas, el final pendiente, el estrés del nuevo trabajo en una fundación a treinta kilómetros del pueblo, el exceso de cigarrillos y café y su medido e incómodo acecho de aquel novato habían hecho lo suyo.
- ¿Cómo te sentís? – preguntó
- Entre muy mal y para el orto, ma – respondió, con un ensayo de sonrisa que se perdió en un acceso de tos.
- Lo bueno es que las chicas te van a pasar los apuntes de la juntada de hoy. Qué lástima que te pasó esto. Justo tan cerquita del final. Pero bueno, agua y ajo, mi amor. ¿Te apago la luz?
A oscuras, la boca de la chica se quebró en una sonrisa entre sardónica y desamparada. Se preguntó que iba a inventar para justificar su ausencia semanal cuando se terminara la excusa del examen. E, inmediatamente, se preguntó qué sentido tenía seguir yendo al bar si ni siquiera había logrado acercarse al novato en un radio menor a los cuatro metros. Habían intercambiado un par de miradas fugaces a través del vidrio, cuando él, deliciosamente inconsciente, se dignaba a mover los ojos del epicentro de la vida de aquel bar, el Zorro. Sintió un alfiletazo de celos inútiles, que aplastó junto a los dos gotones subversivos que no pudo contener.
Probablemente estuviera con alguien.
Seguro.
Todos los martes acarreaba un ridículo bolso del Juventud y, todos los martes, el maldito hijo de puta del Gallego echaba sal a la herida al preguntarle si ese era el día que dormía “allá”.-

Cuatro.-

Archivado en: el, historia a cuatro manos — ella.- @ 2:27 pm

El informe no era malo, claro. El Zorro pensaba lo mismo. Sin embargo, mi sensación era deplorable: habían rebotado mi trabajo y no me animaba a encararla. Mientras el viejo ensayaba con mucho esmero algún consuelo -siempre odié esas manifestaciones de compasión-, algo poco común en un tipo seco como él tan reacio a las demostraciones de afecto, mis pensamientos se perdían en una alarmante certeza. Algo me decía que ella no vendría nunca más al bar de Rosendo.

Varios meses habían pasado desde que, según el Zorro, la chica había entrado por primera vez al lugar y, luego de ubicarse en una mesa detrás nuestro y de cara a la ventana que da a la Avenida San Martín, había ordenado un café con leche. El viejo me dijo una vez al pasar -yo intentaba no ser tan evidente- que ella se situaba en el mismo lugar todos los martes. Tamaña frustración sentí al caer en la cuenta de que hasta aquel día en que descubrí con asombro su preciosa cabellera, yo no había sentido la curiosidad de mirar hacia ese sector del bar.

Mientras reprimía los impulsos asesinos de mis manos, que ansiaban destruir los papeles del informe rechazado, acariciaba su cuerpo con los ojos, dramáticamente. De arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Encendido, procaz, urgente. Con timidez.

Algo -o la intensidad de mi presencia- inquietó a la muchacha, que no levantaba la cabeza, atenta a un libro que apoyaba sobre la mesa. El Zorro ya me molestaba, a pesar de sus emocionantes intentos por levantarme el ánimo, y sólo quería ser de otra manera para tener el coraje de levantarme de mi silla y partir en su búsqueda.

— Ahora. Es ahora o nunca. Ya se va, está apurando la lectura -me daba impulso a mí mismo.

— … lo vió a uno acá, sentado, pálido, conocía lo que se jugaba en ese partido. Pero no se avivó de nada. No te quiero decir que se trata de ser adivino, se trata de… -me decía el viejo.

— Me paro y la tomo de un brazo. Ella se va a dar vuelta disimulando sorpresa y ahí nomás le estampo un beso en la boca -pensaba, atrevido.

— … intuir que algo va a pasar e ir a buscarlo para tener algo que vivir y que contarle a otros. Como regla general de vida, no solo para el periodismo -continuaba la exhortación del Zorro. La chica tomó sus cosas de pronto y se marchó. Había dejado el dinero debajo del platillo del café. Casi me descompongo del susto.

— No entendés lo que quiero decir -masculló el viejo ante mi silencio de terror. Ella salía por la puerta. Cuando pasó junto a la ventana, me lanzó una mirada entre triste y desaprobatoria.

— No – contesté resignado.

— Ya vas a entender -sentenció el Zorro.

— La puta que te parío -lo insulté, rabioso, por dentro.

Tres.-

Archivado en: ella, historia a cuatro manos — ella.- @ 2:25 pm

Con expresión de disgusto, estiraba las puntas de las hojas manchadas de mate y marcadas de tabaco. El Zorro miraba por la ventana y sorbía con afectación de gentil hombre su vaso de whisky, pétreo, inalcanzable, aburrido y, curiosamente, conmovedor.
La voz, rasposa y clara, se quejó:
- No puedo creer que no me lo aceptaran.
Silencio.
- No era un mal informe.
Silencio.
- ¿No?
El Zorro se volteó a mirarlo.
- ¿Y entonces? – preguntó, con vaso de whisky vacio girando cansadamente en su mano izquierda.
- ¿Por qué lo desaprobaron?
- Son cosas que pasan. Si querés seguridades, elegiste mal tu profesión – dijo, mientras se acodaba en el respaldo de la silla y volvía, imperturbable, los ojos a la ventana. La chica se sobresaltó y estiró su mano hacia la cartera, en un ademán inconcluso cuando nadie se levantó de la mesa.
Él pensó que esas eran sus últimas palabras, y, sin alegría, chistó al arrancar la punta de una de las hojas.
- Sos bueno, pibe. Muy bueno. Tenés talento, y algo que quiere expresarse a través de vos. Creo que vas a triunfar donde otros fracasamos. Pero tampoco te creas un genio por eso. Te falta ejercitar algo fundamental, todavía – barbotó – ¿Te acordás la historia que me trajiste la semana pasada? ¿La de los hermanos Devaca? Éste – y señaló con desprecio con la cabeza al Gallego, que repasaba las tazas con un trapo dudosamente limpio – lo vió a uno acá, sentado, pálido, conocía lo que se jugaba en ese partido. Pero no se avivó de nada. No te quiero decir que se trata de ser adivino, se trata de intuir que algo va a pasar e ir a buscarlo para tener algo que vivir y que contarle a otros. Como regla general de vida, no solo para el periodismo.
Ahora el callado era el otro.
- No entendés lo que quiero decir.
- No – confesó.
- Ya vas a entender.-

Dos.-

Archivado en: el, historia a cuatro manos — ella.- @ 2:23 pm

Había tomado la costumbre de regocijarme siguiendo lentamente con la mirada la brillante y larga -hermosa- cabellera de tono castaño que caía sensualmente por la espalda de la chica de la otra mesa que, sentada de espaldas al grupo de los martes, tomaba su café lentamente. Trataba de ser disimulado, observar con sagacidad, pero lo cierto es que la mayoría de las veces la dama en cuestión me atrapaba en pleno regodeo.

Por el vidrio de la ventana, de frente a su vanguardia, ella espiaba nuestras conversaciones. Eso lo descubrí mucho tiempo después, y todavía hoy no sé cuanto mérito llevo y cuanto me ayudaron a entender. Comprenderlo todo, porque yo si de algo estaba seguro era que ella no me miraba a mí. Quiero decir, ella debería estar prestando atención a cualquier detalle marginal, como el saco viejo del Zorro, la extraña manera de elaborar sus historias o al Zorro mismo, que aunque entrado en años todavía conservaba dejos de seductor en su voz cautivante. Es que ella se me hacía tan lejana, tan para otro: sus manos suaves y frágiles, donde yo me perdía; su piel blanca; su nuca desnuda, sólo cuando me homenajeaba en silencio; su seriedad. Y lo que más me aterraba: su mirada, sus ojos direccionados hacia mí.

— No lo creo -me decía a mí mismo mientras el viejo monopolizaba la palabra- ella no me está mirando.

— Pibe… che, pibe -me despertaba el chaqueño-. ¿Qué te traigo, lo mismo de siempre?

— Eeeeh, si. Si, si, claro chaqueño.

Pensaba que en ese momento ella estaría escondiendo una mueca, atorando una risita cínica.

Uno.-

Archivado en: ella, historia a cuatro manos — ella.- @ 2:21 pm

Nadie sabe precisar en qué momento apareció en el bar la chica esta. A nadie le importaba mucho, tampoco. Aún cuando elegía el mismísimo día en el que todos se reunían debajo y alrededor del periodista, solía sentarse de espaldas a ellos, frente a la ventana que daba a la mal llamada Avenida San Martín, con el mp3 firmemente calado murmurándole en las orejas y los ojos marrones clavados en el vidrio. Siempre pedía lo mismo y siempre fumaba de la misma marca. Demoraba la taza en el platillo y el pago y se iba apenas minutos antes que el corrillo de hombres de la mesa del medio se disolviera, con un apuro repentino.

El Gallego, un tipo genéricamente gordo y aburrido, curioseaba de una mesa a la otra detrás del aislamiento seguro del mostrador. La pregunta que se hacía era cómo el Zorro, por lo habitual parco, se permitía no solo una ligera sonrisita de compasión cuando la chica entraba, sino que también había cambiado su lugar habitual en la mesa.

Lo que Zorro sí notaba y el Gallego no, claro, eran los ojos arrobados de la piba que espiaba por el reflejo del vidrio al novato.-

Julio 18, 2008

8 de julio de 2007. Mucho tiempo después.

Archivado en: historia a cuatro manos — sovietico @ 3:33 am

- ¿Adonde querés ir?

- No sé, yo te sigo. Estos son tus pagos.

La tarde, gris, se tornaba cada vez más fresca. En la calle la gente iba desapareciendo. Ella esperaba para reaccionar, con la técnica de un pugilista precavido que mide distancias y palpa peligros. Se podría decir que eran mis pagos, aunque la resaca y la vergüenza iban borrando las callecitas de mi precario mapa interno.

Sólo caminábamos por el barrio. A medida que las suelas de nuestros zapatos acumulaban mugre el pudor cedía ante la ansiedad. Encontramos un bar de esos irlandeses, que son verdes por todos lados y sirven cervezas caras. Entramos.

Cuando nos sentamos extendí un chocolate hasta sus orillas.

- Yo nunca regalo golosinas -pensé estúpidamente.

Agradeció con un gesto de revancha. Las estructuras, de a poco, se iban desplomando.

Pero, mesa de por medio, ella todavía estaba tan lejos.

En los televisores a mis espaldas, Paraguay y México se disponían a enfrentarse por la Copa América.

 

Julio 15, 2008

Uno, dos, tres, probando.-

Archivado en: Uncategorized — ella.- @ 7:39 pm

Hello, hello.

Is there anybody in there?

Just nod if you can hear me.-

Llegué.

Archivado en: Uncategorized — ella.- @ 4:54 pm

Creo que es acá.

Pero con esta chica nunca se sabe.

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