Desperté sobresaltado. Había estado junto al Zorro unas horas atrás, ciertamente mi única verdadera compañía humana por aquel entonces, y luego de que la chica desapareciera del espectro de visión que permitía el ventanal del bar del gallego, me había despedido de la mesa y me encontraba nuevamente recluido en mi barraca junto al río, en las afueras del pueblo. Allí estuve innumerables semanas casi constantemente, con la única ruptura de la línea temporal constituida por mi salida de los martes para ir al bar.
No me urge aclarar, por la evidencia antes expuesta, que siempre fui y seré un tipo solitario. Un hombre que prescinde de la compañía, no tanto por deseo, un poco más por costumbre. El ermitaño suele aislarse de los otros por cualquier tipo de fobia, incapacidad o voluntad. Yo simplemente continuaba con el curso de mi existencia, que desde una temprana edad me había obligado a discurrir en soledad entre los demás.
Por eso aclaro que nunca busqué que las cosas fueran de ese modo. Tal vez se me reproche que nada hiciera para alterar el orden de las piezas del tablero, porque simplemente jugué el juego, con sus reglas. No lo sé.
En ese dilema me encontró el pesado sueño aquella noche. La preocupación por la puntiaguda sensación que tuve en el bar, al ver marcharse a la chica de los hermosos cabellos castaños, se convirtió poco a poco en la más histérica y honda depresión. Fui recordando lentamente el sueño, con una alteración peligrosa de mi estado de ánimo, producto de una mezcla de tristeza consciente y la certeza de una ensoñación terrible que se fue aclarando como una pantalla de televisor recién encendida.
Mientras estuve en el lecho, inconsciente por el cansancio, mi mente había deambulado por interminables laberintos de arena, que el viento disolvía como castillos construidos por niños a orillas del mar. El terror se acrecentaba cuando buscaba salir hacia la playa franca: una pared arenosa volvía a erigirse, aunque no lo suficientemente alta como para tapar mi visión. Sin embargo, mis intentos de treparla eran estériles; unas veces derrumbaba los pasillos con mi peso pero éstos volvían a levantarse de inmediato, otras mi escasa destreza me impedía subir. Era como aferrarse a blandas arenas movedizas: mi cuerpo se hundía en ellas pero no lograba traspasarlas, como si me tragase el fondo de un pantano.
Nada de esto hizo que me despertara agitado, con una bomba en el pecho y sin aliento. La causa más profunda de mi desesperación fue otra: con sus pies descansando a orillas de las turbulentas aguas, ella me hacía señas para que fuera a su encuentro.